Evocando el 35º Getxo Jazz


El 35º Festival Internacional de Jazz de Getxo se celebró entre el 1 y el 5 de julio y, como suele suceder en este cartel melómano costero, la calidad artística y la respuesta del público fue directamente proporcional al precio de la entrada. O sea, a precio más caro, más gente y mejor bolo. Este festival jazzístico, el primero del verano entre los tres importantes vascos, cursó de menos a más respecto a la calidad de los grupos y a la presencia del respetable, que según la información del Aula de Cultura de Getxo suscitó el interés de 15.000 espectadores, contando tanto las veladas de abono en la plaza Biotz Alai como las citas vespertinas y gratuitas en la plaza de la estación de Algorta.
Evocando las buenas vibraciones y lo mejor y lo peor de cada uno de los cinco cabezas de cartel, confirmamos que la calidad corrió acorde con el precio de la entrada. Por 10 euritos de casi nada, abrió el viernes 1 la pianista nipona Aki Takase y cosechó medio aforo (lo mejor de su concierto fue la reinvindicación del añejo ragtime pero ajena al purismo; lo peor, la ejecución desvencijada del quinteto). Por 15 euros superaron los tres cuartos del aforo el sábado 2 el guitarrista californiano Lee Ritenour (lo mejor, la compacidad de su cuarteto de fusión con la presencia estelar del teclista Dave Grusin; lo peor, que los músicos apenas se salieron del carril) y el domingo 3 el contrabajista inglés Dave Holland (lo mejor, la imaginación de los solos y la variedad de los ritmos; lo peor, cierta reverencia excesiva hacia el género).
Las mayores emociones se vivieron los dos últimos días, ambos con el aforo agotado y a 20 euros cada ticket. Así, el lunes 4 ya llevaba varios días colgado el cartel de ‘no hay entradas’ para el concierto del pianista cubano Chucho Valdés con su septeto afrovudú (lo mejor, el sonido perfecto, los arreglos, la intensidad constante…; lo peor, que algunos aficionados notaron muy reservón al líder) y el martes 5 oficialmente también llenó el saxofonista Branford Marsalis (lo mejor, la calidad de los cuatro músicos, descuellando el baterista de 20 años Justin Faulkner, que va directo al estrellato; lo peor, que los instrumentistas casi mueren de éxito en la segunda parte de su intervención).
Pues más o menos así resultó lo más destacado de la 35º edición de un festival que, desde que rompió las fronteras europeas a la hora de contratar artistas, está ofreciendo noches de gloria bajo una carpa donde se recoge la mejor afición al género jazzístico.
(texto facilitado por Óscar Cubillo)
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