>Una vida en discos. Mentiras.


>Lo suyo hubiera sido empezar este apartado con el primer disco que adquirí. Con la primera casete, el primer vinilo o incluso el primer compact disc. El primer single de 45 revoluciones, incluso. O el primer regalo de mi adorada Begotxu. El primer picture disc hubiera tenido también sentido. O el primer flexi disco; ¿recordáis esos discos enrollables de los que tanto presumíamos, aunque sonaban a chatarra? Descartemos el primer mini disc, pues nunca piqué. Pero el caso es que esta vida en discos se abre con G N’ R Lies, un álbum que nunca me llevaría a una isla desierta. Una grabación que nunca salvaría de un incendio. Un trabajo que no recomendaría encarecidamente. Pero que, curiosamente, ocupa un lugar destacado en mis recuerdos.

Pero si me acuerdo frecuentemente de él no es por su cancionero. Ni siquiera por su versión de Mama kin, mi rock and roll favorito de Aerosmith. Es por evocar la inocencia de esa cuadrilla de amigos adolescentes que, como los críos que recorrían las vías en Stand by me (Cuenta conmigo), se acercaban a Vellido, una de las tiendas de discos del barrio, para echar un vistazo furtivo y quedar ojopláticos con la visión de la mujer desnuda que descansaba en el interior de su carpeta doble. Desnuda, sin la mojigata tira que censura la imagen reproducida aquí abajo, tomada de una reedición en CD. Excusa perfecta, por cierto, para reivindicar el tamaño de las portadas de los 12 pulgadas, la belleza contenida en esos 31 x 31 centímetros de cartón que colgados en la pared lucen como el más colorista Kandinsky.Y sí, hubo una época en la que en las calles se distinguían tribus urbanas, y en la que algunos de mis amigos más cercanos eran jevis. Pese a su dudoso gusto estético, los seguidores del heavy metal siempre han sido buena gente, y no debe extrañar que un rocker hiciera buenas migas con ellos. Gorka Salchichón y Santi Picador me daban la murga con Helloween y otras estridencias, sentados en las gradas del polideportivo municipal con un pequeño loro a pilas, y escaparse a ver la desnudez desplegada en el interior de la portada doble de Lies era una buena excusa para dejar de escuchar pirotecnia instrumental, lírica épica y voces de frustrada vocación operística.

Al margen de la foto, lo dicho, Lies, segunda entrega de Slash, Izzy, Duff, Steven y Axl, me parece un disco bastante endeble de unos roquerillos que querían ser como Aerosmith. Aunque tenía su gracia, porque la cara A es eléctrica, grabada en vivo, y la cara B es acústica. En la primera mitad hay hard rock jevilón, con Axl Rose exprimiendo su característico cacareo, rock and roll al grito de “nice boys don’t play rock and roll” (“los chicos agradables no tocan rock and roll”) y cortes abrigados por metales. En la segunda mandan las baladas, y merece mención especial el muy pegadizo estribillo de Used to love her (“acostumbraba a amarla, pero tuve que matarla”), exponente de una época en la que uno podía convertir un hit cantando a los cuatro vientos “que no la encuentre jamás, pues sé que la mataré”. Cómo hemos cambiado…

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