>AC/DC. Una lección bien aprendida


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AC/DC cumplió el guión y convenció a un Bizkaia Arena abarrotado y entregado

Vino, vio y venció. La expresión, acorde a un espectáculo que concluyó con For those about to rock (we salute you), adaptación rockera del “Los que van a morir, te saludan” que pronunciaban los gladiadores en la antigua Roma, sirve para resumir lo acontecido la noche del sábado en el Bizkaia Arena. AC/DC llegó con todos sus bártulos, subió a escena como lo ha hecho ya miles de veces y extasió a los asistentes al concierto más polémico de lo que va de año con una cascada de riffs, punteos y estribillos de regusto clásico que ha cambiado bien poco en 36 años de carrera. Y, por lo visto en Barakaldo, ni falta hace que lo haga.

Lo vivido en el Pabellón 4 del Bilbao Exhibition Centre fue un acto de comunión, no por previsible menos reconfortante, en el que sobró todo asiento, pues el público al completo siguió las casi dos horas de concierto en pie. Más de 16.000 personas se pusieron de acuerdo para alzar sus brazos, lucir cuernos luminosos de pega (a 10 euros el par, oíga) y entonar los mismos 19 temas que sonaron días antes en Barcelona y Madrid.

La fiesta había empezado con el grupo The Answer, que hizo una buena y breve descarga de hard rock y hard blues entroncado con el legado de Led Zeppelin y otros clásicos de los setenta, pero el sonido resultó insuficiente. El triste sino del telonero, al que casi siempre colocan palos en las ruedas para que no tenga oportunidad de superar al cabeza de cartel. Aunque en este caso la tarea se antoja difícil. Pocos están a la altura de AC/DC, una banda de cincuentones que no echó piedras contra su leyenda, exprimió un sonido de gran volumen y nitidez, y completó el espectáculo con una batería de recursos visuales y pirotécnicos que no cae en el esperpento.

Demostró ser, con la connivencia de sus seguidores, un conjunto adverso al riesgo y propenso a la repetición que tiene la lección bien aprendida. Y es que ni siquiera un público tan variopinto como el del sábado pide sorpresas. Sólo quiere que no falten clásicos imperecederos como You shook me all night long y Highway to hell, que no chirríen las composiciones recientes, presentes por obligaciones promocionales, y que le apabullen con locomotoras desbocadas, explosiones, salvas de cañonazos, llamaradas y enormes muñecas hinchables que simulan masturbarse al sonar Whole lotta Rosie. Lo procaz y lo diabólico siempre han estado presentes en el repertorio del quinteto australiano, y tampoco faltó a su cita en el BEC.

Otra exigencia habitual es ver las monerías del guitarrista Angus Young, la estrella del grupo, que disfrutó enardeciendo a la audiencia con solos estratosféricos de su Gibson SG, el strip tease de rigor en The jack y haciendo su particular paso del pato, tan célebre como el de Chuck Berry. Cada gesto suyo fue acogido con fervor por un público que mostró por él una admiración aún mayor que la veneración mefistofélica que insinuaron temas como Autopista al infierno, Campanas del infierno y El infierno no es un mal lugar para vivir.

En suma, todo se ciñó al guión previsto en una nueva escala de una gira que colgará el cartel de no hay billetes en sus 48 paradas. Y que no haya sorpresas será, seguramente, también el deseo de quienes acudan los próximos días 5 y 7 de junio a verles nuevamente a Madrid (Estadio Vicente Calderón) y Barcelona (Lluís Companys).

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